Roberto Alcalá repuso con su voz suave, aquella voz fascinadora que tan hábilmente sabía modular en los grandes momentos dramáticos.
—¿No es cierto que me quieres?...
—¡Sí; te quiero más que a nadie!...
—Ése es tu error... Te quieres a ti misma más que a mí, pues me sacrificas cruelmente a tu deseo y a tu deber... Dos conceptos que tiranizan tu espíritu, que son tus verdaderos amantes, los verdaderos señores de tu albedrío... Ellos gobiernan tu alma y tu cuerpo; a mí sólo me otorgas lo que ellos permiten que me des... Y es necesario que entre nosotros ocurra algo irremediable... que nos una para siempre a despecho de los hombres y de la ley.
—No quiero... no quiero oír... ¡Me vuelves loca!
Hablaron mucho, dirimiendo la eterna cuestión hacia donde convergen las ilusiones y los deseos de todos los amantes: Roberto razonaba pausadamente, luciendo la serena confianza de los fuertes; Mercedes respondía con monosílabos, pensando que su vencimiento era algo inevitable, que tarde o temprano había de llegar.
—¿Por qué los hombres—murmuró—sólo pueden querer así?...
—Porque el amor que no desea es pasión incompleta y deforme: es amistad, es simpatía... ¡todo!... menos verdadero amor. ¡Desconfía de los cariños que el crimen asusta!
De repente se levantó; en el reloj de la Universidad acababan de sonar las cinco y media.
—¡Qué horror!—exclamó—; me voy.