—Sí; me echas... me echas porque soy pobre, porque no he sabido conquistarte... pero ¿cómo conquistarte, si no he tenido tiempo?...

Ella se impacientaba; su entrecejo se endurecía. Él prosiguió juntando las manos:

—Y haces mal en despedirme...

—Bueno.

—Haces mal, porque el hombre que ama mucho puede mucho, y yo, que soy pobre, sería rico; y yo, que soy obscuro, sería artista famoso si tú quisieses. Por ti yo mataría, yo robaría...

—Calla, calla... y vete...

—Sí, lo que tú me ordenases; eso,., héroe ó ladrón,., todo; pero á tu lado, contigo, para ti... Alicia, mi Alicia... lo que tú quieras... ¡Si tengo veinte años!...

Sin sospecharlo, el inocente había dicho una frase, una gran frase, al poner á los pies de la ingrata el tesoro de esa edad, por la que Fausto se condenó.

Alicia había abierto la puerta.

—Adiós—susurró—, márchate; Manolo puede venir...