—Afortunadamente, la portera no nos ha visto subir.
Alicia Pardo examinaba el collar; su alma ególatra prendada del lujo, su almita «de presa», tornó á olvidarse del estudiante para sólo pensar en la belleza de la joya. De pie, ante el espejo, se ciñó el collar y comenzó á mover la cabeza á uno y otro lado, complaciéndose en el contraste que formaba la negrura de las perlas sobre el armiño de la garganta. Y un momento sus ojos ardieron con el vigor insolente de la dicha. Lo sucedido no la inspiraba remordimientos. ¿Por qué? ¿Tenía ella la culpa de que Enrique hubiese tomado en serio lo que ella pidió en broma? Y pensó filosóficamente que en la historia de todas las grandes cortesanas siempre hay, por lo menos, un capítulo trágico. Después su espíritu experimentó un matiz de ironía. ¡Pobre Enrique! El infeliz fué uno de esos desdichados que, ni aun cuando se sacrifican, aciertan del todo... Al fin, obedeciendo más que á un sentimiento de ternura á una delicadeza de artista, se acercó al cadáver para despedirse de él en una mirada. Desde la puerta, Candelas la llamó.
—Vámonos...
Alicia Pardo dió media vuelta: nada, en efecto, tenía que hacer allí. El ambiente de aquel cuarto, con su aire denso y su suelo de ladrillo salpicado de manchas bermejas, tornó á sofocarla. En la calle respiraría bien, y recordó que aquella noche, en la platea del Real, las perlas de su collar llamarían la atención. No estaba triste. Al pasar por delante del espejo se miró de reojo.
—Es bonito—pensó.
Y luego, con cierta melancolía:
—Sin embargo, el collar de esmeraldas me gustaba más...
Madrid.—Enero, 1908.