—Ha muerto—dijo.
Aquello, á su modo, era bonito. Hubo una pausa. Candelas se había levantado y las dos amigas se consultaron con los ojos. Acababa de herirlas la misma idea, el mismo temor. La muerte de Enrique las comprometía; la justicia realizaría pesquisas y no era difícil que las llamasen á declarar. El instinto de conservación alejaba de ellas el recuerdo del muerto.
—Estamos perdidas—dijo Alicia—; tú tienes la culpa, yo no quería venir.
Candelas repuso colérica:
—La culpa es tuya.
—¿Mía?
—¡Claro es! ¿Quién, sino tú, le obligó á robar?
—¡Yo... yo!...
—Tú, sí, estúpida...
Y en su voz ardía ese rencor envidioso que sienten todas las mujeres hacia la manceba por quien un hombre se ha perdido. Luego, para tranquilizarse, agregó: