Era éste un episodio más, un capricho más de la amarga y eternal ironía de las cosas. ¡Dar la vida por un collar de esmeraldas, y equivocarse de collar!... El estudiante balbuceó:
—Adiós...
Por sus miembros corrió un largo estremecimiento, y bruscamente la agonía dió á sus facciones varonil severidad. Torcióse la línea de sus labios. Candelas, puesta de hinojos, lloraba y rezaba. Alicia Pardo, más violenta, cogió al estudiante por los hombros.
—¡Enrique... Enrique!...
Y le miraba con una de esas expresiones trágicas, todo pasión, que explican el sacrificio de una vida.
El estudiante aún pudo murmurar:
—Acuérdate...
No dijo más. Cerró los párpados. Moría tranquilamente, sin sangre. Por su rostro deslizóse una sombra blanca. Alicia exclamó:
—Enrique... ¿me oyes?... ¡Enrique!
Le palpó la frente y las manos. Estaba frío.