—Ahí está, sobre la cómoda. Levanta esos libros.

Era una escena tristísima, de un romanticismo punzante y melodramático. Al fin, los párpados de la pecadora se humedecieron.

—¡Niño, niño!...—sollozó—, ¿qué has hecho?

Darlés repitió:

—Búscalo... sobre la cómoda...

No quería morir sin ver su regalo entre las manos, nácar y nieve, de la Deseada.

Ella hizo lo que el estudiante ordenaba, y bajo unos periódicos, sus dedos hallaron un collar de perlas negras.

—¡Qué hermoso!—exclamó absorta.

Sin abrir los ojos, como quien habla en sueños, Darlés repuso:

—No es el que tú querías... ya lo sé... Luego lo he visto... Pero en aquel momento, todas las piedras me parecían verdes...