—He robado por ti, porque la tarde en que me echaste de tu casa me dijiste: Nos veremos... «cuando me traigas el collar que te he pedido».
Alicia exclamó:
—No me acuerdo.
—Yo, sí; me lo dijiste. Yo me acuerdo de todo.
La joven encogióse de hombros y sus ojos sádicos, de color de ajenjo, permanecieron secos. Candelas, en cambio, más humana, más mujer que su amiga, tenía anegados en llanto los suyos. Enrique siguió hablando. Su gesto era grave. Repentinamente, el niño se había hecho hombre.
—Decidido a recobrarte, quise ofrecerte lo que tanto deseabas. Anoche, cuando penetré en la joyería, aún no estaba seguro de lo que iba á hacer. Me acerqué, sin embargo, al mostrador, y dije que deseaba examinar el collar de esmeraldas que había en el escaparate. Cuando me lo trajeron, juntamente con otros, apoderóse de mí un vértigo que echó sobre mis ojos una tiniebla inmensa y terrible. Rápidamente extendí una mano, cogí uno de los collares, no sé cuál, porque todos me parecían verdes... y escapé. Pero el dueño, que sin duda había ido espiando todos mis movimientos, sacó un revólver y disparó. Su puntería fué certera. Yo, en aquel minuto trágico, nada sentí y continué corriendo. A mi espalda, voces acusadoras repetían: «¡Á ése, á ése!...» Y me parecía ver manos vengativas que, con el ansia de cogerme, se abrían y cerraban como garras detrás de mí. Cuando volví de mi terror me hallé en un callejón solitario; mis perseguidores no habían podido alcanzarme. Entonces advertí que mis ropas estaban empapadas en sangre y que mis piernas flaqueaban. ¿Qué hacer? Poco á poco, amparado por las sombras de la noche, regresé aquí... y te mandé llamar...
Los deditos ensortijados de Alicia se cruzaron con un doble gesto de interés y de horror.
—¿Y no te has curado?—gritó—, ¿no llamaste á ningún médico?
—No; no quise... porque si alguien me hubiese visto así hubiera sospechado... Y he preferido morir á que me quitasen el collar que robé para ti...
Y como sintiese que sus energías se agotaban, añadió con un gesto: