Siempre que Amadeo iba de viaje, lo que ocurría dos veces por semana, su mujer le preguntaba:
—¿Qué máquina llevas hoy?
Y si era «la Dulce» se quedaba tranquila.
—Con ésa—decía—no hay cuidado. La otra, en cambio, me da miedo: tiene «mala sombra...»
A Zureda, sin embargo, le gustaba bregar con las dos, y hasta sentía inclinación por una ó por otra, según el estado de sus nervios. Cuando se hallaba de buen humor, prefería «la Dulce», que no le daba trabajo. Esto sucedía durante los días apacibles, bajo el enorme beso ardiente del sol. Pedro, el fogonero que acompañaba á Zureda, era andaluz y sabía canciones picantes y sabrosos cuentos. Amadeo le escuchaba complacido, mientras sus ojos vigilantes se abismaban en el horizonte, riente y azul; los rieles que iban devanándose ante los topes de la locomotora, brillaban á la luz y parecían de plata; el aire era tibio y cargado venía de fragancias campestres; bajo sus pies el maquinista sentía retemblar la máquina, diligente, sumisa, sin bruscos sacudimientos ni lamentos insólitos, y murmuraba, ufano y cariñoso, como animándola:
—Anda, cordera...
Pero otras veces su cuerpo sanguíneo padecía cóleras recónditas, irritaciones caprichosas, desequilibrios insanos de humor, que le quitaban las ganas de hablar y ahondaban la cicatriz torva de su entrecejo. Y entonces prefería llevar consigo á «la Negra», siempre amenazadora y arisca, que contradecía todas sus órdenes; y esta lucha, en la que palpitaba constantemente un peligro, servía de sedante á sus nervios y le pacificaba. Entonces Pedro, el andaluz de los cuentos atrevidos y de las canciones pícaras, enmudecía cohibido por el agrio humor del maquinista. A lo largo del camino, y como rimado por las ráfagas musicales del viento y el fragor trepidante de la locomotora, un largo diálogo de rencores se entablaba entre el hombre y la máquina. Apretando los dientes, Zureda murmuraba:
—Anda, perra... la pendiente es dura, pero has de subirla. ¡Anda con ella!...
Y abría la boca del horno, ardiente y roja como pozo infernal, y por su propia mano, sañudamente, arrojaba dentro del hogar ocho ó diez paletadas de carbón. Como respondiendo al castigo, la máquina se estremecía; bramidos iracundos restallaban en su interior, y por sus lomos humeantes parecía correr una ondulación de odio.
De estos viajes Amadeo Zureda siempre volvía trayendo para su mujer algún regalo: un corsé, un cuello de piel, una caja de medias... Rafaela, que sabía exactamente la hora de llegada del expreso, atisbaba su paso desde un balcón. Zureda, además, desde muy lejos la avisaba con un largo silbido.