Ella, si aún estaba acostada, saltaba del lecho, vestíase precipitadamente y corría al balcón; y sobre el verde alféizar de las macetas, su rostro cobrizo sonreía al paisaje. Un momento después, por entre las arboledas frondosas de la Moncloa, el tren aparecía crepitante, fragoroso, devanando su cuerpo negro y ondulante á lo largo de los rieles, bruñidos. Desde el tándem, el maquinista, alborozado, saludaba á la joven con un pañuelo; y solamente entonces su entrecejo, hasta donde jamás subía el regocijo de una risa, se desarrugaba y parecía contento.
Amadeo Zureda no deseaba nada. Su oficio era ingrato, pero aquellas dos noches que, entre viaje y viaje, pasaba en Madrid, bastaban á darle la felicidad. Toda su alma honrada y brusca se remozaba allí, bajo el techo del hogar tranquilo, en medio de los muebles modestos, comprados uno á uno. Aquel era su premio. Entre los brazos amantes de la compañera, el frío que recogieron sus huesos á la intemperie, en la extensión de los caminos, disipábase poco á poco, y su alma adormecíase en el calor de un dulce bienestar sensual.
II
Dos años de matrimonio bastan para envejecer á un hombre dócil; ó lo que es igual: para infundirle esas ideas trascendentes de previsión, quietud y economía, que siembra en las voluntades pacíficas el miedo al mañana.
Cierta noche, hallándose convaleciente todavía de un enfriamiento que le tuvo encamado varias semanas, Amadeo Zureda habló seriamente á Rafaela del porvenir. Sobre la limpieza de las almohadas reposaba su cabeza bronceña, de pómulos angulosos y enérgico perfil, y en la grave serenidad de la frente, el surco vertical de la reflexión parecía más hondo. Su mujer, sentada al borde del lecho, le escuchaba atenta, una pierna sobre otra, y sujetando la rodilla cabalgadora entre sus manos cruzadas. El discurso del maquinista iba devanándose lentamente: la vida vale muy poco, pues la desgracia nos cerca y sabe herirnos de infinitos modos; hoy es una ráfaga de aire frío, mañana una congestión, ó una angina, ó un cáncer, los que la muerte utiliza como vehículos para llegar á nosotros; la tierra en donde todos, tarde ó temprano, iremos á dar, se abre á nuestro alrededor como una enorme fauce, y en esta fiera y rapidísima hecatombe universal nadie puede asegurar que asistirá al orto y al ocaso del mismo día...
—A mí no me asusta el trabajo, ya lo sabes—prosiguió Zureda—; pero las máquinas son de hierro y al cabo se usan y fatigan de andar; así los hombres... y cuando eso me suceda á mí, que ha de sucederme, ¿qué será de nosotros?...
Rafaela movía la cabeza con sosiego; ella no participaba de los temores de su marido; á Amadeo, su enfermedad le volvía pesimista y medroso.
—Creo que exageras—dijo—; la vejez está muy lejos; además, lo probable es que no tengamos hijos.