Zureda hizo un gesto negativo.
—No importa—replicó—; los hijos podrán no venir, pero ¿y si viniesen?... En cuanto á que la vejez tarde en llegar, te equivocas; hoy mismo, ¿crees que yo tengo la agilidad, el vigor y aquella misma alegría con que á los veinticinco años iba al trabajo?... ¡Quia! La vejez se acerca, y aprisa. Por eso repito que es necesario ahorrar. Así, transcurrido algún tiempo, cuando yo no pueda gobernar las máquinas, abriré un taller de mecánica; y si muriese de pronto, pero dejándote quince ó veinte mil pesetillas, fácil te será establecer en sitio céntrico un buen obrador de lavado y planchado, que es de lo que entiendes.
Aún añadió Zureda á lo expuesto otras varias razones, todas bien aplomadas y discretas, con las cuales la joven se dió por convencida. Al hablar así el maquinista, ya tenía trazado un plan. Entre las personas que durante su enfermedad fueron á visitarle estaba Manolo Berlanga, unido á él por lazos de amistad fraternal. Berlanga trabajaba en una platería del Paseo de San Vicente; no tenía parientes y ganaba bastante. Reiteradas veces el platero había manifestado á Zureda sus deseos de hallar una casa honrada donde vivir recogidamente y en familia mediante un pupilaje de cuatro ó cinco pesetas.
—Supongamos—continuó Amadeo—que Manolo nos diese cinco pesetas; son treinta duros mensuales; es así que la casa cuesta ocho, pues nos quedan veintidós duros, con los cuales, y algunos más que yo ponga, podemos comer todos perfectamente.
Rafaela asintió, interesada por las emociones que aparejaría aquel nuevo vivir. El platero era un boquiverde joven y simpático, que charlaba mucho y tocaba la guitarra muy bien.
—Como haber sitio para él, sí que lo hay—repuso—; ¿qué habitación le daríamos?
—La alcobita del comedor.
—En ella pensaba yo ahora mismo; pero es muy pequeña y no tiene luz...
Zureda se encogió de hombros.
—¡Para dormir—exclamó—buena es!... Si se tratase de una mujer, el asunto varía, pero los hombres en cualquiera parte nos acomodamos.