Al día siguiente, y por encargo del maquinista, Rafaela escribió á Berlanga rogándole fuera á verle. El platero acudió á la cita puntual. Representaba veintiocho años: vestía limpio pantalón de pana muy ceñido de caderas y bien abotinado, y pelliza de color obscuro con cuello y bocamangas de astracán. Era de mediana estatura y sobrio de carnes; tenía el semblante pálido, el ademán inquieto, la conversación jacaresca y abundante. Rafaela buscó un pretexto para marcharse de la habitación, y los dos hombres pudieron charlar libremente y ponerse de acuerdo.

—Tratándose de vosotros—dijo Berlanga—, yo doy cinco pesetas muy á gusto por mi hospedaje, y más, si es preciso.

—Gracias—repuso Zureda—; no se trata de comerciar contigo; sí de que todos nos ayudemos mutuamente como buenos hermanos.

Aquella noche, después de cenar, Rafaela sacó de la alcobita del comedor los muebles inútiles que allí había, y la barrió y fregó cuidadosamente. Al día siguiente madrugó para comprar en una prendería vecina una cama de hierro con su somier y un colchón de lana, que luego armó y equipó esmeradamente, hasta dejarla muy mullida y pomposa. Completaron el mobiliario de la habitación dos sillas, un lavamanos de hierro y una mesita enmajada por un tapetillo de bayeta verde. Seguidamente la joven se vistió y peinó para recibir al huésped, quien llegó á media tarde con su equipaje: consistía éste en un maletín donde el platero guardaba las herramientas de su oficio, un baúl y un barrilito lleno de cierto vinillo añejo que, según declaró Berlanga después de cenar, entre el regocijo expansivo del café y del cigarro puro con que Zureda le obsequió, se lo había regalado una tabernera amiga suya...

Transcurrieron varios días, que fueron para el maquinista y su mujer de desusado regocijo, pues el platero era hombre de alegres iniciativas y muy aficionado á levantar su vaso, con lo cual su conversación, habitualmente fértil, adquiría colorido hiperbólico y andaluzas exuberancias. De sobremesa, todos los donaires chulescos de Berlanga suscitaban en Amadeo sonoras explosiones de hilaridad; al reir, Zureda apoyaba su dorso macizo contra el respaldo de su silla, y á intervalos, como para subrayar los borbollones de su risa, descargaba sobre la mesa recios puñetazos. Después emitía su opinión lentamente, y si necesitaba aconsejar á Berlanga lo hacía por estilo paternal, bonachón y paciente.

Ya completamente restablecido, Amadeo volvió al trabajo. Aquella mañana, al despedirse de su mujer, ésta le preguntó:

—¿Que máquina llevas?

—«La Negra».

—¡Qué casualidad!... Veremos si te sucede algo malo.

—¡Bah! ¿Por qué? La conozco bien.