Abrazó á Rafaela, oprimiéndola cariñosamente contra su pechazo bravo y noble. De pronto una ocurrencia insana, cruelmente grotesca, azotó su espíritu: aquella noche él la pasaría despierto y á la intemperie, sobre el tándem del tren, mientras allá en Madrid, bajo el mismo techo que su mujer, iba á dormir otro hombre. Pero esta desconfianza bastarda duró un segundo apenas; el maquinista pensó que Berlanga, aunque bullanguero y disipado, era, en el fondo, un amigo fraternal incapaz de acometer tan fea traición. Rafaela acompañó á su marido hasta la escalera y allí tornaron á enfervorizarse recíprocamente con los calientes besuqueos y apretujones de la despedida. Al recomendarle que se abrigara bien y se acordase de ella mucho, los ojos negros de la muchacha arrasáronse en lágrimas.

—¡Qué buena es!—murmuró Zureda.

Y en su ingenua nobleza, acordándose del venenoso pensamiento que momentos antes le acometiera, tuvo vergüenza de sí mismo.

La vida de Manuel Berlanga era harto desigual; le gustaban las mujeres y el vino, y muchas noches, allá de madrugada, volvía á su casa en estado de completa embriaguez. Esto ocurrió siempre durante las ausencias de Zureda. A la mañana siguiente el platero se despertaba despejado y acudía contrito á la cocina, donde Rafaela preparaba el desayuno.

—¿Está usted enfadada conmigo?

Ella le reconvenía maternalmente y le aconsejaba formalidad; él tomaba el lance á risa.

—¡Déjeme usted en paz!—decía—; no me gusta la formalidad; es una de tantas antipatías que echa sobre nosotros el matrimonio. ¿No tiene usted bastante seriedad con la de Amadeo?

En los hombres, el amor no es muchas veces más que la obsesión carnal que les produce la visión reiterada y constante de una misma mujer. En cada risa, en cada actitud de la mujer que anda á su alrededor, hay una gracia que al principio resbala inadvertida, y luego, en virtud de un fenómeno que pudiera denominarse de «acumulación», se acentúa y afirma hasta surgir inopinadamente envolvente y conquistadora.

Una mañana Manolo Berlanga se hallaba en el comedor desayunándose para marcharse á su taller; Rafaela, de espaldas á él, fregaba el suelo del pasillo.

—¡Cómo se trabaja, comadre!—exclamó el platero festivamente.