Ella respondió á la observación con una carcajada argentina y prosiguió su faena; unas veces recogida sobre sí misma, casi sentada sobre los talones, otras con el busto extendido hacia adelante, en una actitud violenta que deprimía la fragilidad anillada de la cintura y soplaba la turgencia de las posaderas movedizas. En aquella escena, muchas veces repetida, el platero no había reparado hasta entonces; pero apenas experimentó su poder sensual cuando alumbró en él la llama de un deseo.
—¡Es guapa!—pensó.
Y continuó mirándola, repasando en su viciosa imaginación las perfecciones de aquella flor de carne, vibrante y mollar. Su ensimismamiento se prolongaba. De pronto, con la brusquedad de un mal humor, se levantó.
—Hasta luego—dijo.
En la escalera saludó á un vecino y encendió un cigarro. Al llegar al portal ya no se acordaba de Rafaela. Pero su deseo reapareció más tarde, á la hora de almorzar, mientras observaba disimuladamente los antebrazos desnudos de la joven. Eran éstos robustos y bien torneados, y la carne se apelotonaba exuberante bajo la tela de las mangas recogidas sobre el codo.
—Hoy no se ha peinado usted—dijo Berlanga.
Ella repuso riendo con esa franqueza voluptuosa de las mujeres que poseen una dentadura bonita:
—Tiene usted razón; en todo ha de reparar usted; es que no he tenido tiempo.
—No la importe—contestó el platero galante—; así, despeinadas y al aire los brazos, es como las mujeres guapas están mejor.
—¿Habla usted con franqueza?