—Con absoluta franqueza.
—Entonces tiene usted temperamento ó madera de hombre casado.
—¿Yo?
—Sí.
—¿Por qué?
Volvió á reir, gozosa y coqueta.
—Porque ya sabe usted que, generalmente, y para descrédito del matrimonio, las mujeres casadas, tratándose de sus maridos, se preocupan poco de mostrarse bonitas.
Continuaron charlando, y á través de la conversación intencionada y picaresca asomaba la recíproca simpatía que sigilosamente iba arrobándoles la voluntad. Ella detuvo los ojos en el reloj, colocado sobre el aparador.
—Las ocho; ¿qué hará ahora Amadeo?
—Según—repuso Berlanga—; ¿cuándo llegó á Bilbao?