—Hoy, por la mañana.

—Entonces habrá pasado el día durmiendo, y ahora estará metido en algún café jugando al dominó. Nosotros, entretanto, aquí...

—¿Está usted mal?

—¿Yo?...

Y agregó lentamente y mirando á Rafaela con fijeza expresiva:

—¡Bastante mejor que él!

Después, mientras bebía su taza de café, el platero vació sobre la mesa su jornal de aquella semana.

Empezó á contar:

—Dos y dos, cuatro... nueve, once... ¡treinta y ocho pesetas! ¡Mala semana! Puedo decir que no he ganado ni para vino.

Reunió siete duros, que, apilados, formando una columna minúscula de plata, entregó á Rafaela.