—Tome usted.

Ella replicó ruborizándose, como ofendida por aquella distancia siempre un tantico hostil, como de deudor á acreedor, que parecía fijar entre ambos el dinero.

—¿Qué me da usted aquí?

—¡Anda!... ¿Qué ha de ser? ¿No pago por semanas? Pues, eso; mi semana:¡ siete días, á cinco pesetas, treinta y cinco pesetas cabales; ¡como éstas!...

Entre sus dedos ágiles, acostumbrados á manejar los naipes, las monedas resbalaban tintineantes. Agregó:

—Hoy es sábado, con que... la cuenta se arregla en seguida; me quedan tres pesetas para gastos extraordinarios: tabaco, tranvías... ¡Voy á divertirme!

Con gesto señoril, protector y amable, Rafaela devolvió á Berlanga su dinero.

—La semana próxima—dijo—me pagará usted. Yo, afortunadamente, si no me sobran ahora cinco duros tampoco me faltan.

El platero reiteró su ofrecimiento, aunque flojamente y sólo en aquella comedida proporción que juzgó necesaria para quedar bien. Levantóse después de la mesa, y mientras se pasaba las manos á lo largo de las piernas, para suavizar la fea convexidad de las rodilleras, y ante el espejo se estiraba el chaleco y ponía en su sitio el lazo de la corbata, exclamó jaquetón:

—¿Sabe usted lo que estoy pensando?