—¿Quiere usted ayuda?

—Muchas gracias...

Súbitamente, sin saber lo que hacía, la cogió por el talle. Ella trató de defenderse volviéndose de espaldas y empujándole con las caderas. El murmuró, besándola ansioso:

—Anda, pronto... anda... antes de que llegue..

Y luego, tras un breve momento de lucha silenciosa:

—Mi alma... ¿te convences?... ¡Si ello había de ser!...

Verdaderamente, la esposa de Zureda resistió muy poco.

Un año después Rafaela dió á luz un niño, á quien Manolo Berlanga apadrinó, y que por voluntad unánime de sus progenitores había de llamarse Manuel Amadeo Zureda. El bautizo fué espléndido; más de dos mil reales se gastaron en él. ¡Qué alegre, qué sonrosado, qué bonito estaba Manolín!... El maquinista, al que todos felicitaban, lloraba de gozo.