Hubo un silencio. Animándose el platero, añadió:
—Rafaela... sea usted franca: ¿no es verdad que Amadeo nos estorba?
Ella le miró de hito en hito, y luego, por toda respuesta, se llevó su pañuelo á los ojos. No sucedió más.
Poco á poco, en el transcurso uniforme de varios días, fué cerciorándose Manuel Berlanga de que Rafaela tenía los ojos grandes y expresivos, y los pies menudos y de fino tarso, y el andar muy gracioso, y los senos bien sembrados y crecidos; y hasta creyó adivinar en ella el deseo, tentador con exceso, de parecerle bonita. El platero acabó por leer claro en su conciencia, lo que á un mismo tiempo hubo de producirle alegría y miedo.
—¡Me he lucido!—pensó—¡me he lucido! ¿Pues no estoy enamorado de esa mujer como una bestia?...
Al cabo, la pasión mal encadenada desbocóse arrolladora. Aquella noche llegaba Zureda. Apenas salió del taller Manolo Berlanga se dirigió presuroso á su casa. Desde el recibimiento, el platero, que no podía con la carga de sus malos pensamientos, preguntó:
—¿Y Amadeo, ha venido?
Rafaela repuso:
—No tardará ni quince minutos; son las nueve. El tren llegó ya; lo he oído silbar...
Berlanga entró en el comedor y vió que la joven estaba arreglándole su cama. Se acercó ella: