El platero titubeó la cabeza de izquierda á derecha, negando. Ella agregó categórica:

—Con esa condición salgo de casa. ¿No vamos á divertirnos los dos? Pues justo es que la fiesta la paguemos los dos por igual.

Aceptó Berlanga aquel trato amistoso y, ya en la calle, subieron á un coche. En la Bombilla, donde cenaron abundantemente y bailaron mucho, estuvieron hasta la madrugada. El regreso lo emprendieron á pie, lentamente y cogidos del brazo. Con frecuencia, Rafaela, que había bebido más de lo justo, necesitaba detenerse y, aturdida, apoyaba su cabeza sobre el pecho del platero. Manuel Berlanga, fuera de sí y un poco borracho, se la comía con los ojos.

—¡Qué bonita es usted!—murmuraba.

—¿De veras?...

—Que me quede ciego si digo mentira. Bonita, no, que es poco; bonitísima, sí; preciosa... más preciosa que todas las mujeres juntas.

Y ella, astutamente, para demostrarle que no le había oído, balbuceaba:

—¡Qué mareada estoy!...

De súbito, Berlanga exclamó:

—Si no fuera porque Zureda y yo somos amigos...