—Al contrario; le tengo á usted en mucho...
Mirábale provocativa y ufana, removida hasta en sus entrañas más hondas por un capricho tan porfiado, tan envolvente, que casi parecía un amor.
El platero repuso, orondo:
—Entonces, pues tenemos dinero y estamos solos, ¿por qué no nos vamos al baile esta noche?
Todo el cuerpo goyesco, genuinamente madrileño, de la joven, vibró de júbilo. Hacía mucho tiempo que no se divertía así; desde que se casó, Zureda, formalote y poco inclinado á fiestas, no había querido llevarla á ningún baile, ni aun á los de máscaras. Un recio tropel de visiones alegres invadió su memoria. ¡Ah, sus buenos domingos de soltera!... Los sábados por la noche, á la salida del taller, ella y sus compañeras de obrador se citaban para el día siguiente: unas veces, en los merenderos de la Bombilla; otras, en los de Cuatro Caminos, ó en las clásicas Ventas del Espíritu Santo... Y, una vez allí, qué risas, qué alegría, qué extraña emoción de curiosidad y de miedo sentían junto al deseo del hombre que se acercaba á bailarlas...
Agil, flexible, transfigurada, Rafaela se irguió.
—No sería usted tan capaz de llevarme como yo de ir.
—¿Que no?—replicó el platero—; ¡ahora mismo!... Vamos á la Bombilla y no salimos de allí hasta no gastarnos la última peseta.
De un brinco la joven huyó del comedor, se puso á la cabeza un pañuelo de seda, se echó garbosamente sobre los hombros un mantón alfombrado. Reapareció en seguida. Al andar, sobre sus botas de charol, levantadas de tacón y de agudísima punta, sus enaguas, reciamente almidonadas y muy blancas, revolaban crujientes. Se acercó á Berlanga y, cogiéndole familiarmente por un brazo, dijo:
—Le advierto á usted que la mitad del gasto lo pago yo.