Pero ya, aunque Zureda hubiese querido devolvérselo, no hubiera podido. Rafaela corrió hasta el límite del andén; allí se detuvo. Desde la negrura del coche-carbonera, Pedro reía y gesticulaba diciéndola adiós.
La joven volvió á su casa llorando. Manolo Berlanga acababa de llegar; había bebido y estaba de mal humor.
Hipando, sin consuelo, Rafaela refirió lo ocurrido.
—¿Y eso es todo?—interrumpió el platero—; ¡pareces idiota!... Si se han ido, tanto mejor; así nos dejarán en paz un poco; ¡mira si no volviesen!...
Pidió la cena imperativo.
—Bueno—dijo—, haz el favor de no moquear más y de darme de comer, que tengo prisa.
Rafaela se puso á encender el fuego; entretanto, no cesaba de llorar ni de hablar; su pena y su rabia se derretían en un monólogo interminable.
—Hijo de mi alma, ¿á usted le parece?... ¿Llevárle por ahí, para que el angelito coja una pulmonía?... ¡Pero qué hombre tan estúpido, pero qué estúpido, qué estúpido!... Luego dicen: si cuando las mujeres somos como somos no es sin motivo. ¡Hijo de mi alma! Si no quiero acordarme del frío que el pobrecito va á pasar esta noche... ¡Hijo mío, sangre mía, corazón de su madre, corazón chiquito de su madre!...
Sus manos coléricas tropezaron la botella del aceite, que cayó del fogón al suelo, saltando en pedazos; con lo cual la furia de Rafaela llegó al paroxismo.