—¡Maldita sea mi alma, que no sé lo que hago!... Ese tío, ese lechón de marido... el demonio quiera que no vuelva á verle... ¿Y ahora cómo voy á guisar?... Tendré que ir á la tienda. Mira si mi madre no me hubiese parido, qué bien estaríamos todos... ¡pero qué bien!...
Cansado de oirla, el platero entró en la cocina, el paso lento, los puños apretados dentro de los bolsillos de la pelliza, la cara fosca:
—¿Es que piensas pasarte la noche hablando?—dijo.
—La pasaré como me dé la gana; ¿qué te ha parecido?
—Que ya estás callando—gritó Berlanga—ó te rompo la boca.
No pudo reprimir su cólera, y uniendo la villana acción á la torpe amenaza, descargó varios puñetazos sobre la cabeza de su querida. Rafaela dejó de llorar y por entre sus dientes apretados los insultos más groseros pasaron sibilantes.
—¡Chulo... cabrón... con mujeres te atreverás tú!... ¡Cobarde... marica... si no tienes de hombre mas que la figura!
Y él barbotaba:
—Toma... toma, cochina...
La repugnante escena duró largo rato; Rafaela, acobardada y con la nariz y los labios bañados en sangre, cesó de hablar; en el silencio de la cocina resonaban confusamente los puntapiés desatentados con que el platero magullaba á su víctima contra un rincón. Realizada su triste hazaña, Manuel Berlanga se marchó y no volvió hasta la madrugada. Entró en su cuarto y se acostó á obscuras, pesaroso de su mala acción. Trató de consolarse: al cabo, la culpa de lo ocurrido no era completamente suya; las intemperancias de Rafaela y el vino hicieron más de la mitad; los hombres, cuando beben, se convierten en brutos...