La joven se había retirado á su dormitorio; á intervalos Berlanga la oía suspirar, con esos suspiros largos y entrecortados que tiene el sueño de los niños que se durmieron llorando.

El platero gritó:

—Rafaela...

A su voz respondió el silencio; transcurrieron algunos minutos. El platero repitió su llamamiento, y aquel nombre, entre sus labios, parecía un mandato:

—¡Rafaela!

Aún hubo de llamarla otras dos veces. Al fin, como en un gruñido, la joven respondió:

—¿Qué quieres?...

El platero sonrió ufano; aquella pregunta equivalía á un perdón; el momento dulce de la reconciliación estaba cerca.

—Ven—dijo.

Hubo otra pausa, durante la cual las voluntades de los dos amantes debieron de tropezarse y batallar, con extraños magnetismos, en la quietud de la casa obscura.