—¡Ven, niña!—repitió el platero suavizando la voz.
Y pasado un momento:
—¿No quieres venir?...
Transcurrió otro minuto; que todas las mujeres, aun las más indoctas y sencillas, poseen á la perfección el secreto hechicero de saber hacerse esperar. Después Berlanga oyó los pies desnudos de Rafaela deslizarse á lo largo del tránsito. La joven llegó á la alcoba del platero, y en las tinieblas sus manos exploradoras tropezaron con las que Manuel extendía para recibirla.
—¿Qué necesitas?—preguntó rencorosa y humilde.
—Acuéstate.
Ella obedeció. Sonaron muchos besos, dados por él, y luego la voz de Berlanga que preguntaba dominador y mimoso:
—¿Vas á ser buena?...
Amadeo Zureda regresó dos días después; venía satisfechísimo; Manolín, durante el viaje, habíase portado como un hombrecito; no lloró, comió cuanto le dieron y durmió con sueño de marmota sobre los carbones del tándem. Al besar á su mujer, el maquinista advirtió que ésta tenía en la frente una mancha violácea.
—Esto es un golpe—dijo—; ¿has reñido con alguien?