Ella vaciló.
—No, hombre; ¿con quién iba á reñir... y menos á pegarme?... Es que la misma noche en que te fuiste, la botella del aceite, que estaba en un vasar, se cayó al ir yo á cogerla y me dió aquí.
—¿Y este arañazo?
—¿Cuál?... ¡Ah, sí, el del labio!... Me lo hice con un alfiler.
—¡Qué atrocidad! ¡Chiquilla, ten cuidado!...
El maquinista no vió cómo Manolo Berlanga, allí presente, se mordía el bigote para disimular una risa infame; el pobre hombre no sospechó nada, estaba ciego; aunque no hubiese querido á Rafaela, su amor á Manolín bastaba á taparle los ojos.
IV
Pero la verdad tiene mucha fuerza. Amadeo Zureda llegó á notar que algo extraño ocurría en torno suyo; lentamente y sin saber por qué, hallábase un poco distanciado de sus compañeros, que le miraban y trataban como nunca lo hicieron; diríase que exigiesen de su rostro la confesión de un secreto cómico que él sin duda llevaba muy oculto y tapado, pero que todos conocían; era una compleja emoción de silencio y de curiosidad que le aislaba de ellos y parecía nimbarle de una inexplicable ridiculez. Concluyó por preocuparse de aquel fenómeno.