—¿Habré cambiado? ¿Estaré enfermo de gravedad... ó estaré muy feo y nadie se atreve á decírmelo?...

En las inmediaciones de la estación, y cerca del Manzanares, había un merendero donde acostumbraban á reunirse los mozos del andén y algunos maquinistas y fogoneros. El ventorro pertenecía al señor Tomás, que fué torero en sus mocedades y conservaba de aquel oficio de valor y gallardía el carácter aplomado y rudo y la nobleza de corazón. El señor Tomás hablaba poco, y para los que le conocían íntimamente, sus palabras tenían la autoridad de lo escrito. Era un viejo alto, de espaldas y manos atléticas, que vestía calzones de pana y chaquetillas andaluzas de paño negro, y llevaba sobre la faja, con que se abrigaba el crecido vientre, un ancho cinturón de cuero con hebilla de plata.

Aquella tarde el señor Tomás disfrutaba del sol á la puerta del ventorro, cuando pasó Zureda.

El tabernero llamó al maquinista con un gesto, y cuando éste se hubo acercado, exclamó mirándole fijamente á los ojos:

—Tenemos que hablar.

Zureda se inmutó; por sus entrañas, semejante á un viento frío, acababa de pasar la vibración helada, sigilosa, de un mal presentimiento. Recobrándose, contestó:

—Cuando usted quiera.

Subintraron en la taberna, donde á la sazón no había parroquianos. Un alto zócalo de madera pintado de rojo y coronado de botellas, rodeaba la sala; de la pared pendía la cabeza disecada del toro de quien el señor Tomás recibió la tremenda cornada que, desgarrándole una pierna, le obligó á desceñirse para siempre el traje de luces; al fondo, tras el mostrador bruñido, sobre el que cantaba perpetuamente un chorrillo de agua, el medidor se había dormido.

Los dos hombres se sentaron ante un velador: el tabernero batió palmas.

—¡Eh, tú, chico!—exclamó.