Acudió el medidor.
—¿Mandaban ustedes?
—Trae unas aceitunas y dos copas de vino.
Hubo una larga pausa. El señor Tomás atizó con voraces chupadas el fuego del cigarro puro que humeaba entre sus labios; una torva preocupación endurecía su rostro afeitado, cetrino y carnoso, bajo los cabellos blancos, peinados y rizados majamente sobre la frente.
—A mí—empezó diciendo el tabernero—no me gusta que dos hombres riñan, porque entre gentes de corazón no hay riña que no sea grave; pero tampoco puedo consentir que un hombre honrado y que lleva el valor en su sitio sirva á nadie de hazmerreir. ¿Tú me comprendes?...
Amadeo Zureda se puso lívido, rojo después. Sí, comprendía; habíanle llamado para comunicarle un misterio terrible; sintió que aquella emoción de vacío que desde algún tiempo atrás le acompañaba, iba á ser explicada y tembló; sobre su cabeza se cernía algo negro y enorme; una de esas verdades trágicas capaces de partir en dos una vida.
—Yo, ni sé hablar, ni me gusta hablar—prosiguió su interlocutor—; por eso no me meto en divagaciones, sino que llamo á las cosas por su nombre; porque todo en este mundo, Amadeo, fíjate bien, tiene su nombre.
—Así es, señor Tomás...
—Bueno; y yo soy de los que se van á la verdad como antes se iba al toro: por lo más derecho, que es lo mejor porque es lo más corto.
—Eso es...