—Bueno; yo te quiero bien; sé que eres trabajador, sé que eres de los buenos que para ganarse su pan no son capaces de echarse por ningún camino feo; sé también, porque eso se lleva escrito en la frente, cómo eres un hombre que sabe cerrar el puño para reñir y ponerse el alma á la bandolera cuando hace falta. Todo eso me consta. Por lo mismo, no permito que nadie se burle de ti.
—Gracias, señor Tomás...
—Bueno; aquí, en mi casa, óyelo bien, aquí en mi casa se ha dicho que tu mujer tiene relaciones con Manuel Berlanga.
Las miradas del tabernero y del maquinista se encontraron, y clavadas la una en la otra estuvieron un instante; después los ojos de Zureda se dilataron, desorbitándose. De repente se levantó y las uñas cuadradas de sus dedos se hincaron en la madera de la mesa. Sus labios blancos, cubiertos de saliva espumosa, murmuraron entrecortadamente, como en un espasmo de rencor:
—Eso es mentira, señor Tomás, mentira... y á usted... y á la madre de Dios que baje á decírmelo, le parto el corazón. ¡Eso es mentira!
Muy dueño de sí, sin una mueca en el rostro, el tabernero repuso:
—Bueno; tú entérate de lo que haya de cierto ó de falso en este asunto, pues ya sabes que tan importante es la verdad como la mentira que se cuenta. Y si te conviene decir que todo ello lo supiste por mí, dílo, que yo aquí y en todos terrenos sostengo mis palabras.
Calló el tabernero, y Amadeo Zureda, de codos sobre la mesa, permanecía inmóvil, idiotizado, la boca entreabierta.
Transcurridos algunos momentos sus ideas comenzaron á serenarse, y según se aquietaban y coordinaban, una irresistible curiosidad malsana de saber, de atormentarse inquiriendo detalles, le invadía.
—¿Y de eso—preguntó—se ha hablado aquí?