—Aquí mismo.
—¿Cuándo?
—Más de una vez y más de veinte; y han dicho algo peor: han dicho que Berlanga le pegaba á tu mujer, que tú lo sabías, que estabas enterado de todo desde el primer momento, y que si lo aguantabas era por conveniencia, porque ese Berlanga te ayudaba á pagar la casa.
La llegada de dos mozos de andén, interrumpió la conversación. El señor Tomás concluyó:
—Conque... ¡ya lo sabes todo!
El primer impulso de Zureda al salir del ventorro fué dirigirse á su casa, interrogar á Rafaela, y por buenas ó á golpes arrancarla la verdad de sus relaciones con Berlanga. Pero se arrepintió; asuntos como aquel no debían atropellarse; mejor era proceder cautamente, esperar, informarse despacio y por sí mismo. Cuando llegó á la estación eran las seis; en el andén encontró á Pedro.
—¿Qué máquina tenemos hoy?—preguntó Amadeo.
—«La Negra»—repuso el fogonero.
—¡Maldita!... ¡«La Negra» había de ser!
Fué aquel, efectivamente, un viaje terrible, erizado de combates interiores y de luchas con la locomotora rebelde; viaje diabólico del que Amadeo Zureda había de acordarse toda su vida.