Con arreglo al plan de prudencia que se había trazado, el maquinista aplicóse á observar el modo que Rafaela y Manolo Berlanga tenían de hablarse, y tras mucho torturarse la atención no halló en la franca cordialidad de sus relaciones nada que rebasara los límites de una buena amistad. Desde que Berlanga apadrinó á Manolín, el platero y Rafaela, cediendo á requerimientos del mismo Amadeo, habían acordado tutearse; pero aquel tuteo fraternal, justificado por los tres años que llevaban unidos, no parecía envolver ningún secreto pecaminoso. No obstante, los celos de Zureda iban en aumento, agarrándose á todos los pretextos, sirviéndose hasta de lo más nimio para medrar y embeber vampirescos todos los pensamientos del maquinista. Era un sentimiento que crecía en Zureda por la obsesión que le causaba la visión constante de la afrenta sospechada, como por obsesión nació en Manolo Berlanga su amor á Rafaela.

Convencióse al cabo Amadeo de que sus facultades de espía eran muy cortas; faltábanle la astucia, el disimulo, y ese instinto de adivinación, especie de doble vista, que permite llegar rápida y derechamente al fondo de las cosas. Dado su caracter rudo, refractario á toda suerte de taimerías diplomáticas, mejor era abordar la cuestión cara á cara. Una vez adoptada esta resolución, sintió encalmarse sus inquietudes y derramarse por su interior una emoción sedante de paz. El maquinista pasó el día leyendo tranquilamente, aguardando á que la noche llegase. Rafaela cosía en el comedor, con Manolín dormido sobre el regazo. Media hora antes de cenar, Zureda llegóse de puntillas á la alcoba, y de la mesita de noche sacó el recio cuchillo de monte, con mango de asta, que llevaba consigo en todos sus viajes. Después calóse una boina, enlazóse al cuello una bufanda porque hacía frío, y en la oquedad del corredor, sus recias pisadas, que en aquel momento parecían llevar consigo algo fatal, resonaron seguras.

Un poco sorprendida, Rafaela preguntó:

—¿No cenas aquí?...

—Sí—repuso él—; voy á estirar un poco las piernas; vuelvo enseguida.

Besó á su mujer, besó á Manolín, despidiéndose de ellos mentalmente, y salió.

En la taberna del señor Tomás halló á Manolo Berlanga jugando al tute con varios amigos. El platero estaba borracho, y su voz, de timbre impertinente y desafiador, se imponía á las demás. Lentamente, con aire descuidado y taciturno, el maquinista se acercó al grupo.

—Señores, salud.

Al pronto nadie le contestó, que todos pendientes andaban del travieso ir y venir de los naipes. Acabada la partida, uno de los jugadores exclamó:

—¡Hola, Amadeo... no te había visto!... A los que vi ayer fueron á tu mujer y á tu chico; el muchacho muy hermoso está, y su madre muy guapa, ¡vaya!... No lo digo porque estés delante. ¡Bien se echa de ver que ganas mucho y que en tu mujer lo gastas!