—Y si no lo hiciera así—interrumpió Berlanga, ofreciendo á su compadre un vaso de vino—no faltaría quien lo hiciese; ¿verdad, tú, Amadeo...?
Zureda, impasible, apuró el vaso de un trago. Después pidió, para los allí reunidos, un frasco de vino.
—Te desafío—exclamó dirigiéndose á Berlanga—á una partida de mus. Antolín será mi compañero.
El platero aceptó.
—Vamos allá.
Los cuatro hombres se instalaron alrededor de la mesa, y la partida empezó.
—Envido.
—Paso...
—Tengo.
—No.