—Yo, sí.

—Envido también.

—No quiero...

De cuando en cuando los jugadores interrumpían su faena para beber, y algunas jugadas atrevidas eran festejadas con grandes risas.

—¿Quien da?...

—Yo.

De repente Amadeo Zureda, que buscaba un pretexto para reñir con su compadre, hizo una trampa que le permitía ganar un envite. Manolo Berlanga sorprendió la operación, y muy excitado tiró los naipes al suelo.

—¡Eso no se hace!—gritó—, y por muy parientes que seamos no te lo consiento.

Todos los jugadores apoyaron airados la actitud del platero.

—¡No, señor, no... eso no se hace!—repetían.