Tranquilamente, Amadeo Zureda repuso:

—¿Qué he hecho yo?

—Tirar esta carta, el cinco de bastos—repuso Berlanga—, y coger un rey, que necesitabas. Ni más ni menos... ¡Y eso es robar!...

Al furioso insulto del platero apresurose el maquinista á replicar con una bofetada; engarfiñáronse como gatos los dos hombres, y la mesa y las sillas rodaron por el suelo. Acudió diligente el señor Tomás, y entre él y los otros jugadores lograron separarles. Al salir á la calle, y aprovechando el tumulto de los curiosos que el fragor de la lucha había reunido como por ensalmo, delante de la taberna, Amadeo murmuró al oído de su compadre:

—Te espero frente á San Antonio de la Florida.

—Está bien.

Momentos después, y en el sitio indicado, volvieron á reunirse.

—Vámonos adonde nadie nos vea—dijo el maquinista.

—Vamos adonde gustes—repuso Berlanga—; tú guías.

Cruzaron el río y llegaron á los campillos de la Fuente de la Teja. Allí, bajo los árboles, las sombras del crepúsculo eran más densas. En un lugar que juzgaron propicio, los dos hombres se detuvieron. Zureda miró á su alrededor, y sus ojos, acostumbrados á registrar el horizonte de los caminos, parecieron tranquilizarse. Estaban solos.