—Te he traído tan lejos—empezó diciendo el maquinista—para matarte ó para que me mates tú.
Berlanga, que había bebido mucho y tenía el vino bravo, miraba á su interlocutor de hito en hito, las manos metidas en los bolsillos de su pelliza, fruncido el ceño, el mento levantado y retador. Acababa de adivinar lo que iban á preguntarle, y la idea de ser sometido á un interrogatorio sublevó su orgullo.
—Me parece—exclamó jaquetón—que vamos á tener que hablar poco.
Y seguidamente, cual si leyese en la frente de Zureda, agregó:
—A ti te han dicho que yo tengo relaciones con Rafaela... y quieres saber la verdad.
—Sí—repuso Amadeo.
—Pues no te han engañado; ¿á qué andar con mentiras?... Es verdad.
Calló y observó á Zureda, cuyos ojos en aquel momento, de grandes y negros que eran, habíanse tornado, por milagro de la ira, en pequeños y rojos. Ninguno de los dos hombres habló más, ni hacía falta, pues que las palabras que iban á precipitar al uno contra el otro estaban dichas. Zureda retrocedió algunos pasos y desnudó su cuchillo; el platero desdobló una navaja. Se acometieron; fué una lucha ancestral, un cuerpo á cuerpo bárbaro, silencioso, en el que Manuel Berlanga quedó muerto. Cayó de espaldas, lívido el rostro, la boca torcida por una mueca inolvidable de odio y de dolor.
El maquinista se alejó á buen paso, y ya repasaba el puente, cuando una mujer que iba siguiéndole á corta distancia empezó á gritar.
—¡Prender á ése, prender á ése, que ha matado á un hombre!