Una pareja de guardias civiles estacionada allí, á la puerta de un ventorro, detuvo á Zureda, que se dejó coger y atar sin resistencia.

Rafaela fué á verle á la cárcel, y el maquinista, por amor á ella y á su hijo, la recibió cariñosamente, asegurándola que había reñido con Berlanga por una cuestión de juego. Catorce ó quince meses después, ante el tribunal, declaró lo mismo: estaban jugando al mus y él, por embromar á sus amigos, tiró una de las cartas que tenía en la mano y cogió otra; reprochóle Berlanga la suciedad de su acción, trabáronse de palabras y quedaron desafiados para después...

Así habló Amadeo Zureda, en su caballeresco empeño de no echar sobre la reputación de la mujer que adoraba ni aún la más leve sombra. ¿Quién hubiera podido comportarse más noblemente que él lo hizo?... El fiscal pronunció un informe abrumador, implacable. El Jurado condenó á Amadeo Zureda á veinte años de presidio.

V

Empujada por la miseria, que llegó pronto, Rafaela hubo de trasladarse á un pueblecito de Castilla, donde tenía parientes. Eran gentes pobres, que laboraban la tierra y defendían la vida trabajosamente. La joven, para justificar su llegada, inventó una historia: dijo que Amadeo, á consecuencia de un disgusto que tuvo con sus jefes, fué despedido de la estación y había emigrado á la Argentina, porque le aseguraron que allí los maquinistas ganaban buenos sueldos. Ella, entonces, determinó salir de Madrid, donde las casas y los alimentos eran muy costosos. Concluyó juiciosamente:

—Cuando Amadeo me escriba diciéndome que está colocado, iré á reunirme con él.

Sus deudos la creyeron y apiadados la buscaron trabajo. Diariamente, con las primeras claridades mañaneras, Rafaela iba á lavar al río, distante medio kilómetro del pueblecito. Así, lavando y planchando, unas veces, y otras recogiendo en el campo leña que luego vendía, á fuerza de tesón llegó Rafaela á obtener un jornal de cuatro á cinco reales.

Transcurrieron dos años. Los vecinos del lugar habían sabido por el peatón, encargado de repartir la correspondencia, que los sobres de todas las cartas que Rafaela recibía iban escritos por la misma mano y llevaban el sello de la administración de Correos de Ceuta. Esta noticia alarmó al vecindario y suscitó habladurías, que la joven cortó discretamente confesando la verdad: Amadeo Zureda estaba en presidio, le había llevado allí una cuestión de juego. Y al hablar así adoptaba la actitud resignada, humilde, de la mujer modelo que, no obstante haber sufrido mucho, perdona al hombre adorado cuanto daño la hizo. Era una desventurada; el pueblo, chismoso y compasivo, la perdonó.

Combatida por el tiempo y los disgustos, la antigua belleza, picante y menuda, de Rafaela fué marchitándose rápidamente: el sol quemó su piel; el polvo de los caminos ensució sus cabellos, antes tan limpios y undosos; el trabajo deformó y endureció sus manos, en otro tiempo mejor ociosas y pulidas. Había perdido la costumbre de llevar corsé, y esto aceleró la ruina de su cuerpo. Lentamente los senos se desmayaban, el vientre crecía, el talle adquiría redondeces pesadas. También sus trajes, uno á uno, fueron rompiéndose; las enaguas, las medias, los majos zapatitos de charol, comprados en días de bonanza, desaparecieron en triste desfile; Rafaela, que había perdido el prurito de coquetear, se abandonaba á la miseria y llegó á ir por las calles del villorrio con los pies desnudos.

Esta desorientación de la voluntad coincidía con una grave flaqueza ó emborronamiento de memoria. La pobre mujer iba olvidándose de todo, y los recuerdos que aún guardaba hallábanse tan deshilvanados y sin relieve, que no bastaban á sugerirla ninguna emoción punzadora. Ella no había querido nunca á Berlanga; tuvo por él, al conocerle, un capricho, una pasioncilla irrazonada; pero esta divagación amorosa declinó en seguida, y si continuó en ella fué debido á ociosidad espiritual y por miedo al platero, que era celoso y la golpeaba mucho. Así, su trágica muerte, lejos de causarla dolor, la produjo una sorpresa agradable, sedante, de liberación y descanso. El calvario de Zureda y su reclusión entre paredes de presidio, si la hirió hondamente, no fué en su distraído amor al maquinista, sino en el ritmo confortable y orondo de su vida; porque el destierro de Amadeo representó para ella la miseria, el derrumbamiento irreparable del porvenir. Al otro lado de aquella crisis que deshizo su hogar, Rafaela, sin advertirlo, estaba vieja, desmemoriada, abúlica; los intensos sacudimientos dramáticos que sufrió en poco tiempo habían aniquilado su espíritu vulgar; no sufría remordimientos, no tenía noción exacta de si su conducta pretérita fué mala ó buena, cual si su conciencia se hubiese desleído en un estupor imbécil. Unicamente persistía en ella el instinto maternal de vivir y trabajar para que Manolín viviese también.