Algunos días, sin embargo, la infeliz experimentaba un hondo y aheleado revertimiento de recuerdos, una epifanía ponzoñosa de negras memorias, que trepaban sofocadoras á su garganta. Ello ocurría generalmente á orillas del río, mientras lavaba, en el recogimiento espiritual de un trabajo monótono, puramente mecánico. Sus ojos entonces llenábanse de lágrimas, que rodaban lentas por sus mejillas, y caían sobre sus manos, enrojecidas por el duro trajín de la faena y la caricia fría del agua. A su alrededor, otras lavanderas, que observaban su pena, cuchicheaban.
—¿Ves cómo llora?
—¡Pobre mujer!
—¿Pobre?... Sí, sí... Ella lo quiso... Y el destino, que es justo siempre, le da á cada cual lo que merece. ¿Por qué no miró mejor con quién se casaba?
De cuando en cuando, al fondo del valle, que cerraba por aquella parte una línea ondulante de montañas azules, pasaba un tren y su silbido estridente, agrandado y repetido aquí y allá por los ecos, rompía el silencio de la llanura. Algunas lavanderas, las más jóvenes, se incorporaban y sentadas sobre sus talones seguían con los ojos la marcha rauda del convoy, y en sus pupilas había una melancolía de ensueño, una visión de ciudades lejanas no vistas. Pero Rafaela nunca levantó la cabeza para mirar aquellos trenes, cuyo grito desgarraba sus oídos con el timbre de una voz familiar, y proseguía lavando, mientras sus ojos, bañados en lágrimas, devoraban el misterio de olvido de las aguas filantes.
A pesar de la gran postración física y moral de la pobre mujer, no faltó quien pusiera en ella su pensamiento. Se atrevió á tanto un individuo, de oficio zapatero, llamado Benjamín. Pasaba ya de los cincuenta años, era viudo y tenía dos hijos al servicio del rey.
Los negocios del señor Benjamín marchaban medianamente; que ni todos los vecinos del pueblo iban calzados, ni los que usaban zapatos sentían mucha necesidad de llevarlos nuevos y bonitos. Rafaela le lavaba y repasaba la ropa, y le planchaba una camisa para los días disantos. De estos pequeños servicios, modestamente, pero también puntualmente pagados, nació la amistad de entrambos. Y este afecto, apacible y desinteresado al principio, fué creciendo hasta quemar el corazón del zapatero con fuego de amor.
—Si usted quisiera—solía decir á Rafaela el señor Benjamín—podíamos llegar á un acuerdo. Usted está sola, yo también... ¿por qué no unirnos?
Ella sonreía, con ese desencanto de las almas que la vida, poco á poco, desnudó de ilusiones.
—Usted está loco, señor Benjamín.