—¿Por qué?
—Porque sí...
—A ver, explíquese usted: ¿por qué estoy yo loco?...
Rafaela, que no quería enojarle, porque de hacerlo era un parroquiano que perdía, contestaba evasivamente:
—Yo estoy ya muy vieja.
—Para mí, no.
—Soy fea.
—Eso es cuestión de gustos. A mí, por ejemplo, me agrada usted mucho.
—Gracias. Además, ¿qué diría el pueblo cuando lo supiese? ¿Y nuestros hijos, señor Benjamín, qué pensarían de nosotros?...
—Es que hay mil medios de cubrir las apariencias; usted quiérame, que yo me ocupo de lo demás.