Rafaela prometió meditar el asunto, y todas las tardes, cuando volvía del trabajo, el señor Benjamín la preguntaba chancero, desde su portal.
—¿Y eso, vecina?
—Con ello estoy—contestaba riendo.
—Parece que la cuestión es dificililla...
—¡Y tanto!
—Pero ¿se arregla?
—¡Qué sé yo, señor Benjamín! Unas veces parece que sí... otras parece que no... ¡Al tiempo!...
Pero el alma de Rafaela estaba muerta; nada reverdecería sus ilusiones. El zapatero, tras muchos esfuerzos, hubo de renunciar á ella, y cuando la veía pasar suspiraba, grotesco y romántico.
Todos los días primeros de mes, Rafaela escribía á Zureda una carta de cuatro carillas, donde le refería los pequeños incidentes de su vivir manso y aburrido. Por estas cartas, escritas en hojas de papel comercial, conocía el presidiario los rápidos progresos físicos de Manolín, que á la sazón contaba doce años: era pendenciero, rebelde, desaplicado, hasta el extremo de andar todavía en palotes. De su afición á las pedreas no había que hablar; un día, por haber descalabrado gravemente á otro muchacho de su edad, la guardia civil puso mano en él, y á faltar la diligente y paternal intervención del cura, duerme en la cárcel. La madre terminaba siempre los párrafos en que describía las ariscas bisoñadas de Manolín con esta frase: «Te aseguro que no puedo domarle...» Era una afirmación de cansancio que parecía embozar una amenaza y una profecía.
En una carta decía el presidiario: