«El último indulto, del que no sé si tendrás noticia por los periódicos, ha liberado á muchos compañeros. Yo no he tenido tanta suerte. De todos modos, me han perdonado cinco años. Así, pues, ya no son más que seis los años que nos separan.»

Periódicamente las cartas de Rafaela y las del prisionero en Ceuta iban y venían. Finaron otros dos años.

Pero la fatalidad aún no se había cansado de patear sobre los hombros honrados de Amadeo Zureda.

«Perdona, Rafaela querida—escribía el recluso—, el nuevo disgusto que voy á causarte; mas por la vida de nuestro hijo te juro que no he podido evitar la desgracia que, inopinadamente, y nadie sabe por cuánto tiempo, va á prolongar nuestra separación.

»Como supondrás, entre la gentuza que, procedente de todas las cárceles de España, llega aquí, vienen pocos santos. Yo, aunque obligado á vivir entre ellos, comprendo que no son mis iguales, y por lo mismo procuro mantenerme aislado y no intervenir ni en sus chacotas ni en sus pendencias. Es el caso que, á fines de la pasada semana, vino aquí un guapo de oficio, andaluz, condenado á doce años de trena por haber matado á un hombre y herido malamente á otro. El tal, apenas me vió, pensó que yo era un manso con quien podía lucirse, y no perdía ocasión de embromarme. Yo callaba y, para no chocar con él, le volvía la espalda.

»Ayer, á la hora del rancho, empezó á buscarme camorra; otros reclusos, le animaban con sus risas.

—»Oye, Amadeo—me dijo—, ¿por qué te han traído aquí?

»Yo repuse, mirándole bien á los ojos:

—»Por haber matado á un hombre.

—»¿Y por qué le mataste?—insistió.