»No le contesté, y él entonces agregó algo muy feo, muy grosero, que no quiero repetir. Bástete saber que en lo que dijo iba envuelto tu nombre. Y, por ser así, fué lo último que sus labios dijeron. Saqué mi cuchillo—ya sabes que, á pesar de lo mucho que nos vigilan y registran, todos vamos armados—y le grité:

—»Defiéndete, porque voy á matarte.

»Reñimos, en efecto, y reñimos bien, porque el mozo era bravo; pero de nada le sirvió su bravura, y allí dejó la vida.

»Perdóname, Rafaela de mi alma, y haz que nuestro hijo me perdone también. Esto empeora mi situación, pues ahora volverán á juzgarme é ignoro el castigo que me impondrán. Reconozco que matando á ese hombre hice mal, pero de no hacerlo me hubiese matado él á mí, lo que habría sido para todos nosotros mucho peor.»

Meses después escribía Zureda:

«En estos días se ha visto mi causa. Afortunadamente, todos los testigos declararon en favor mío, lo que, unido al buen concepto que mis jefes tienen de mí, ha mejorado mucho mi situación. El informe fiscal fué terrible, pero de eso no hay que hacer caso. Mañana conoceré la sentencia.»

Todas las cartas de Amadeo Zureda eran así: nobles, tranquilas, como dictadas por la más estoica resignación. Nunca deslizó en ellas nada que recordase á Rafaela su delito; en aquellas páginas, repletas de una escritura igual y vigorosa, no había reproches, ni abatimientos, ni impaciencias desesperadas. Eran el reflejo admirable de una voluntad férrea á quien la desgracia, madre excelentísima de todo saber, enseñó el difícil secreto de esperar.

VI