El mismo día en que Amadeo Zureda salió del penal, el correo le trajo una carta de Rafaela, que empezaba así:
«Ayer Manolín cumplió veinte años...»
El antiguo maquinista desembarcó en Valencia, pasó la noche en una posada inmediata á la estación del ferrocarril, y al otro día temprano subió al tren que había de llevarle á Equis. Tras tantos años de reclusión, el viejo presidiario sentía el desasosiego nervioso, la desconfianza en sí mismo, el miedo cruel á la suerte, que suelen experimentar los inadaptados siempre que la vida les ofrece una fase nueva. La derrota les acobarda y vuelve pesimistas. Rememoran lo que sufrieron y la inutilidad de sus luchas, y piensan: «Esto, que ahora empieza, será malo también para mí...»
Amadeo Zureda había cambiado mucho; sobre el rostro, curtido por el sol de Africa, el bigote blanco resaltaba tristemente; agrandaba el sereno mirar de sus ojos negros la expresión de un inmenso dolor; el pliegue vertical de su entrecejo se había ahondado tanto, que parecía una cicatriz; su cuerpo cenceño, antes engallado y carnoso, se encorvaba un poco al andar.
El traqueteo sonante del vagón y la sucesión de panoramas trajeron á la memoria de Zureda las alegrías, harto emborronadas en la distancia de los años pretéritos, de sus buenos tiempos de maquinista. Se acordó de Pedro, el fogonero andaluz, y de aquellas dos locomotoras, «la Dulce» y «la Negra», sobre las cuales tanto había trabajado. Y una voz interior le preguntaba: «¿Que habrá sido de todo eso?»
También pensó en su casa, y al recomponer la fachada y ver los balcones, evocó el aspecto de cada habitación. Jamás su memoria, enturbiada por la vida torva y embrutecedora del penal, había buceado tan hondo en el pasado, ni desempolvado y reconstituído tan limpiamente los viejos recuerdos. Pensó en su hijo, en Rafaela y en Manolo Berlanga, viéndoles con sus caras y sus trajes de entonces, y se sorprendió de que la figura del platero no le produjese ningún dolor: en aquellos momentos, y á despecho del daño irreparable que le hizo, no sentía animosidad contra él: todos los rencores que hasta allí le agitaron se apaciguaban en una desconocida é inefable emoción de olvido y misericordia. El pobre presidiario tornó á registrarse la conciencia y volvió á maravillarse de no descubrir en ella ningún odio. Y es que, sin duda, la libertad moraliza á los hombres.
En Játiva subió al vagón un individuo, ya viejo, en cuya fisonomía el exmaquinista creyó hallar rasgos de un semblante amigo. Por su parte, el recién llegado también miraba á Zureda, como recordando. De este modo los dos, poco á poco iban acercándose en silencio. Concluyeron por examinarse afectuosamente, seguros ya de conocerse. Amadeo Zureda fué quien primero habló:
—Yo creo—dijo—que nos hemos visto en alguna parte... hace años...
—En eso—repuso el interpelado—vengo yo cavilando.
—El caso es—prosiguió el maquinista—que yo estoy cierto de que hemos hablado muchas veces.