—No.

—Lo parece.

—Te equivocas. Es que he sabido que acostumbras á pegarle á tu madre... y eso, el pegar á tu madre, no lo pagas con toda la sangre, con toda la cochina sangre, que tienes en el cuerpo...

Amadeo Zureda tuvo miedo de sí mismo. Temblaba. Todos los celos que años antes le precipitaron contra Berlanga, retoñaban ahora frescos, pujantes, trastornadores. Su corazón, una caldera de odios infernales parecía. Bruscamente Manuel se acercó á su padre, y agarrándole por las solapas:

—¿Va usted á callarse?—murmuró corajoso—¿ó quiere usted perderme?

La respuesta de Zureda fué una bofetada. Entonces los dos hombres se acometieron, primero á golpes, luego á cuchilladas. En tal momento el anciano vió aparecer sobre el rostro del que creía su hijo la misma expresión de odio que veinte años atrás contrajo la cara de Manuel Berlanga. Aquellos ojos, aquella boca desfigurada por una mueca de ferocidad, aquel cuerpo delgado y felino vibrante de cólera, eran los del platero; el gesto del padre lo repetía exactamente la cara del hijo, cual si ambos semblantes hubiesen sido vaciados en el mismo troquel. Y por primera vez, después de tanto tiempo, el antiguo maquinista vió claro...

Anonadado por la certidumbre de aquel nuevo infortunio, sin ánimos ya para defenderse, el infeliz dejó caer los brazos, á la vez que Manolo, fuera de sí, le asestaba en el pecho una puñalada mortal.

Cumplida su venganza, el parricida huyó.

Amadeo Zureda fué conducido, moribundo, al hospital. Allí, aquella misma noche, don Adolfo acudió á verle.

Su pena era enorme; tan gran era, que inspiraba risa.