El interpelado tiró los naipes sobre la mesa y se levantó. Era alto, esbelto, simpático, y en la línea delgada de sus labios y en el mirar taladrante de sus ojos verdes había algo impertinente y retador.
Los dos hombres salieron á la calle y, sin hablar, caminaron hacia las afueras del pueblo. Cuando lo juzgó oportuno Amadeo Zureda se detuvo y mirando á Manuel cara á cara:
—Te he buscado—dijo—para decirte que no vuelvas á mi casa, ¿entiendes?...
Manuel afirmó con la cabeza.
—Soy yo quien te echa de allí, ¿comprendes?... Soy yo; porque no me gusta tratar con miserables, y tú eres un miserable. Y esto no te lo digo de padre á hijo, sino de hombre á hombre... ¿sabes?... por si mis palabras te ofendiesen y quisieras vengarte. Por eso, nada más, te he traído hasta aquí.
Lentamente, según hablaba, su fiera voluntad iba enardeciéndose, palidecían sus mejillas, y dentro de los bolsillos de su pelliza los puños se crispaban. A su vez, la sangre levantisca de Manuel, iba alborotándose.
—No me haga usted hablar—dijo.
Hizo ademán de marcharse. Su voz, su gesto, el desdeñoso encogimiento de hombros con que subrayó sus palabras, fueron los de un perdonavidas. Diríase que en él resucitaba el platero matasiete y procaz. Conteniendo su ira, Zureda repuso:
—Si tienes ganas de reñir, tonto serás si las aplazas para luego. Yo, á eso he venido.
—¿Está usted loco?