Un domingo se hallaba Zureda sentado á la puerta de su taller; iban á dar las doce y las mujeres, unas enmantilladas, otras con pañuelo á la cabeza, acudían á misa. En lo alto de la torre gótica, las campanas voltijeaban ensordecedoras y alegres. Un vecino, al pasar, dijo al maquinista.

—Ya apareció Manolo.

Flemáticamente, Zureda repuso:

—¿Cuándo?

—Anoche.

—¿Dónde le vió usted?

—En la posada de Honorio.

—¡Vaya con el niño! Buen pez está hecho; por aquí no ha venido...

El día declinó sin incidentes. El maquinista, cautamente, se abstuvo de decir á Rafaela que su hijo había vuelto. Poco antes de cenar, y so pretexto de ver á don Adolfo que le esperaba en el Casino, Amadeo Zureda salió de su casa y se encaminó á la taberna donde Manolo acostumbraba á reunirse con sus amigachos. Allí, en efecto, le halló, jugando á las cartas.

—Tengo que hablarte—dijo.