—Veinticinco pesetas. Me resistí cuanto pude, pero... ¿qué iba á hacer?... ¡Oh, si llegas á verle, no le conoces!... Daba miedo; yo creí que me mataba...
Hablando así se tapó los ojos con las manos, como apartando de ellos, con la sucia visión de lo que acababa de ocurrir, la imagen de algo semejante, antiguo y terrible.
Zureda no contestó, temeroso de descubrir la agitación avendavalada de su alma. Los recuerdos más ominosos se atropellaban en su memoria. Mucho tiempo atrás, antes de que él fuese á presidio, el señor Tomás le había dicho en el curso de una conversación inolvidable, que Manuel Berlanga maltrataba á Rafaela. Y años después, al salir del penal, don Adolfo Moreno le expuso algo igual, refiriendose á su hijo. Recordando esta extraña conjunción de opiniones, Amadeo Zureda experimentaba un rencor acerbo, inextinguible, contra la raza del platero; raza maldita, nacida, al parecer, para ofenderle y herirle en lo que más amaba.
A la mañana siguiente Zureda, que apenas había conseguido dormir una ó dos horas, despertó temprano.
—¿Qué hora es?—dijo.
Rafaela, que ya se había levantado, repuso:
—Van á dar las seis.
—¿Ha vuelto Manolo?
—No.
El maquinista saltó del lecho, vistióse como de costumbre, y bajó al taller. Rafaela le espiaba; la aparente tranquilidad del anciano era sospechosa. Llegó la tarde y Manuel no fué á almorzar. Pasó la noche y el mozo no fué á dormir. El matrimonio se acostó temprano. Transcurrieron varios días.