—¿Te ha pegado?
Tardó Rafaela en responder; tenía miedo de hablar; al fin confesó:
—Sí... me ha pegado... ¡oh, qué horrible!
—¿Y por qué?
—Porque necesitaba dinero.
—¡Ah, el canalla!...
Y la cólera y el dolor del viejo expresidiario estallaron en un rugido de león, que llenó la cocina.
—¿Y se lo diste?—agregó.
—Sí.
—¿Cuánto?