—Más vale que cierres.

En la voz de la pobre mujer había como un hipo de dolor. Alarmado por el presentimiento de algo terrible, el viejo maquinista atravesó el taller y llegó á la trastienda. En la cocina, sentada delante del fogón, estaba Rafaela, las manos cruzadas humildemente sobre el regazo, los ojos llenos de lágrimas, los blancos cabellos en desorden, cual si una mano parricida se hubiese crispado sañudamente en ellos. Zureda arremetió á su mujer y cogiéndola por los hombros, la obligó á levantarse.

—¿Qué ha sucedido?—masculló.

Rafaela tenía la nariz ensangrentada, magullada la frente, las manos cubiertas de arañazos.

—¿Qué tienes?—repitió el maquinista.

Sus ojos, aunque viejos y mortecinos, ardieron otra vez con aquella luz roja, relámpago de muerte, que veinte años antes le llevó á Ceuta. Rafaela, asustada, trató de disimular.

—No es nada, Amadeo—balbuceó—, no es nada... yo te lo explicaré. Es... verás... es que me he caído...

Pero Zureda la arrancó amenazándola, casi á viva fuerza, la verdad.

—Es que Manolo te ha pegado, ¿eh?...

Ella sollozaba, defendiéndose aún, no queriendo acusar al hijo de su alma. Vibrante de ira, el maquinista repitió: