—¿Por qué no trabajas, maldito? ¿No ves á tu padre?

El mozo replicaba:

—Vivir no es trabajar; para vivir como padre vive, más vale ahorcarse.

A Rafaela tratábala despectivamente y como á esclava; apenas si, al interpelarla, se dignaba poner en ella los ojos; á su padre también le hablaba poco y desabridamente. El peor de los hijos no hubiese procedido con más despego. Diríase que su alma arisca, sedienta de goces, alimentaba contra sus progenitores la llama de un rencor instintivo.

Una noche, al volver del Casino en donde don Adolfo, el boticario y otros vecinos de cierto viso, solían reunirse todos los sábados, Amadeo Zureda encontró la puerta de su taller entornada. Aquello le sorprendió, y levantando la voz empezó á llamar:

—¡Manolo!... ¡Manolo!...

Rafaela le contestó desde muy adentro:

—No está.

—¿Sabes si volverá pronto?... Lo digo para no cerrar—exclamó Zureda.

Hubo un breve silencio. Al cabo, Rafaela repuso: