Con frecuencia Manolo desaparecía del pueblo y, ausente y metido en misteriosas aventuras, pasaba los días. Individuos llegados de otros pueblos comarcanos decían que se dedicaba al juego. Cierta noche reapareció herido de gravedad en una ingle; la puñalada era profunda.
—¿Quién te ha herido?—preguntó Zureda.
El mozo repuso:
—Eso á nadie le importa; á quien sea, yo me encargo, tarde ó temprano, de darle lo suyo.
Para ahorrarse complicaciones judiciales, Amadeo Zureda calló lo ocurrido. Semanas después Manolo estaba bueno. Una madrugada, á orillas del río, la pareja de la guardia civil encontró el cadáver de un hombre; el cuerpo ofrecía varias heridas de arma blanca. Cuantas pesquisas se practicaron para descubrir al matador fueron baldías; el crimen quedó impune. Únicamente Amadeo Zureda, que, á raíz del suceso, había sorprendido á Manuel lavando en una jofaina un pañuelo manchado de sangre, estaba cierto de que el autor de aquella muerte era su hijo.
Y las palabras siniestras de don Adolfo volvían á su espíritu, machacantes, enloquecedoras, oradándole el cráneo:
—«No parece hijo mío...»—meditaba.
No paró en esto el desaforado vivir del mozo. Abusando del cariño de su madre y de la mansedumbre de Amadeo, raros eran los días en que no manifestaba hallarse necesitadísimo de dinero.
—Me hacen falta cien pesetas—decía—, pero mucha falta. Si vosotros no me las dais... bueno, en paz; yo las buscaré. Pero acaso os arrepintáis entonces de no habérmelas dado.
Dominábale un furor de placeres. Cuando su madre le aconsejaba: