Avanzaron lentamente por el camino que se alejaba, serpeando, entre dos vastas extensiones de terreno laborado y rojizo. Al fondo, iluminado por el sol muriente, aparecía el pueblecito; aquel villorrio miserable en el que Zureda había pensado tantas veces, como en un bello refugio de paz, olvido y redención.
VII
Desde que Amadeo Zureda llegó á Equis, Rafaela no volvió al río. El anciano maquinista no quería que su mujer trabajase; con lo que él ganó como herrero allá en presidio, tenían bastante los dos para vivir. Del pasado no hablaron; creeríase que no se acordaban de él; ni ¿para qué acordarse?... Zureda lo había perdonado todo; su Rafaela, además, ya no era la misma: apagáronse la alegría pajarera de sus ojos, la negrura ondulante de sus cabellos, la agilidad moza de su cuerpo; ogaño, en el semblante fofo y triste, en lo humildoso del mirar, en la flacidez de los senos, en las torpes redondeces adiposas del talle, había un abandono doloroso, apesgador de remordimiento.
Siguiendo los consejos de don Adolfo, el ex presidiario renunció á su idea de dedicarse á la agricultura, y en la calle mejor del pueblo, cerca de la iglesia, puso un taller mixto, de carpintería y cerrajería, donde así herraba una mula como recomponía un carro ó echaba á un arado reja nueva. A poco de establecerse Zureda, su modesto negocio comenzó á encarrilarse por caminos de bonanza; muy pronto el número de sus relaciones creció; su historia inquietante de presidiario parecía olvidada; todos le querían; era un hombre bueno, afable, de una melancolía simpática, que pagaba sus pequeñas cuentas exactamente y trabajaba bien.
Amadeo Zureda sentía pacificarse su vida, y que lentamente su porvenir, hasta entonces borrascoso, comenzaba á ofrecérsele como un país hospitalario, claro y fácil. El mañana amenazador, que desvela á los hombres, dejaba de ser un problema para él; su futuro ya estaba cimentado, reglamentado, previsto; los quince ó veinte años que aun le restasen de vida los pasaría redondeando amorosamente la fortunita que deseaba legar á su Rafaela.
Animado por este propósito, levantábase con el sol y trabajaba reciamente todo el día. Por las tardes, acompañado de un perro, regalo de don Adolfo, salía á vagar por los alrededores del pueblo. Uno de sus paseos favoritos era el cementerio. Zureda empujaba el viejo portón, siempre abierto, del camposanto, se instalaba sobre una piedra rota de molino que allí había, y encendía un cigarro. Entre la crecida hierba que tapizaba el suelo negreaban muchas cruces; el anciano evocaba sus recuerdos de antiguo maquinista y de recluso, y su voluntad fatigada se estremecía. Miraba á su alrededor complacido; allí estaba su cama; ¡qué paz, qué silencio!... Y suspiraba largamente, poseído de la rara y sedante alegría de morir. Entre los viejos tapiales, dorados por el sol poniente, que rodeaban aquel huerto de olvido, se debía de dormir muy bien...
Lo único que amargaba el ocaso pacífico de Amadeo Zureda, era su hijo: aquel Manolo, á quien por un exceso, imprudente quizá, de amor paternal, había redimido el año antes del servicio militar, y cuyo carácter vicioso y díscolo era fanáticamente refractario á toda disciplina. Inútilmente procuró Zureda enseñarle un oficio; súplicas, amenazas, reflexiones discretas, se estrellaron ante la voluntad irreductible y vagabunda del mozo.
—Si no quiere usted mantenerme—decía Manuel—, despídame; yo sabré buscármelas.